Crítica literaria: Ha sido un placer conocerte…, de Travoladis
Una sátira de la burocracia que convierte la repetición en método
Ha
sido un placer conocerte… es, en su superficie, una novela episódica sobre un médico jubilado
que documenta la corrupción de una república caribeña ficticia. En su fondo, es
algo más ambicioso y más raro: un tratado sobre el testimonio como única forma
de resistencia disponible cuando todas las demás han sido capturadas. Baltasar
Valdivieso Quiñones, setenta años, una libreta de cuero negro y una iguana en
el techo, recorre diez capítulos de escándalos administrativos —el guardián del
pantano que vive dentro del pantano, el organizador de bodas nombrado
secretario de Fomento, el participante invisible de sesenta mil pesos
mensuales, los doscientos treinta y un expedientes archivados— y al final no
cambia nada, salvo lo único que la novela sostiene que importa: que ahora todo
eso existe por escrito, con testigo.
La
premisa central está condensada en el nombre del país: la República de los
Aplazamientos. Es un hallazgo. No es la república de la corrupción ni la del
autoritarismo, tópicos gastados de la novela latinoamericana del poder, sino la
del diferimiento: un lugar donde nada se niega y nada se concede, donde
todo está "en proceso de evaluación preliminar" durante veintitrés
años, donde lo provisional es la forma más permanente de existencia. El
verdadero villano de la novela no es un dictador sino un mecanismo, y esa
elección es su mayor acierto conceptual.
Filiación literaria: entre Macondo, Saramago y el carromato del
Quijote
La
novela exhibe su genealogía sin pudor. El realismo mágico está presente en
estado puro —los archivos que se reorganizan solos de madrugada, el Bebé Modelo
que parpadea siete veces ante el senado y pronuncia "Baby" ante
ciento cuarenta y tres testigos, los relojes que avanzan a velocidades
distintas según el piso del edificio, las garzas que respetan los límites que
los humanos ignoran— y remite inevitablemente a García Márquez, en particular
al Otoño del patriarca y a los Buendía contadores de lo incontable. La
sintaxis, en cambio, debe más a Saramago: oraciones largas con subordinadas que
se corrigen a sí mismas, un narrador omnisciente irónico que comenta mientras
narra, la digresión como forma de pensamiento. Y la onomástica es directamente
quevedesca o dickensiana: Arcadio Ciénaga, Feliciano
Nupcial, Leoncio Páramo (con eco rulfiano
deliberado), Prudencio Aljibe, Eustaquio Manómetro, Abundio Voltio Ferreira, el
periodista Erasmo Verdades. Los nombres declaran la función antes de que el
personaje actúe.
Lo más
interesante de esta red de filiaciones es la que el propio autor explicita en
su nota final: la cervantina. Baltasar es un Quijote invertido —no ve gigantes
donde hay molinos, sino que ve los gigantes exactamente donde
están y es tratado como loco por verlos— y la iguana es su Sancho. El problema
es que la nota del autor explica esta clave en lugar de dejar que el
lector la descubra, y al hacerlo le resta a la novela parte de su misterio. El
epílogo, hermoso en varios pasajes, comete el error pedagógico de glosar sus
propios símbolos: nos dice que la iguana es Sancho, que la risa de Sancho es la
de Evaristo el peluquero, que la pintura de la portada contiene la pregunta de
toda la obra. Una novela que confía tanto en la inteligencia del lector durante
420 páginas no debería desconfiar de ella en las últimas quince.
El dispositivo más logrado: la iguana como sistema de notación
Si la
libreta de Baltasar es el archivo verbal de la novela, la iguana es su archivo
gestual, y es —hay que decirlo sin rodeos— el mejor personaje del libro. Su
vocabulario es mínimo y riguroso: cerrar los ojos, abrirlos, cerrarlos de nuevo
("la descripción más exacta de la situación"); inclinar la cabeza a
la izquierda para llevar la cuenta de las trece declaraciones de Clemencia
Tejados; inclinarla a la derecha ante un patrón nuevo; bajarla por completo
ante la pérdida del conocimiento de Prudencio; mantenerla horizontal en la
"evaluación completa". La novela construye con paciencia una
semiótica reptiliana que el lector aprende junto con Baltasar, y los dos únicos
momentos en que la iguana habla —ante el "Baby" del muñeco y
ante los doscientos treinta y un expedientes— funcionan precisamente porque la
economía previa los ha cargado de significado.
Aquí
hay además una decisión estética digna de elogio: lo fantástico nunca resuelve
nada. Los archivos que se ordenan solos no son leídos por nadie; la huella de
iguana sobre el informe ignorado no desencadena investigación alguna; el
diagrama que amanece reorganizado con el nodo "voluntad política sostenida
en el tiempo" no produce esa voluntad. La magia en esta novela no es deus
ex machina sino conciencia: el universo registra lo que las instituciones se
niegan a registrar, y eso es todo. Es un uso disciplinado del realismo mágico,
más cercano a la melancolía que al asombro, y le da al libro su tono
inconfundible.
Las invenciones satíricas
La
sátira opera mejor cuando es concreta, y la novela acumula invenciones
memorables. El flan de coco que llega a la mesa en el instante exacto en que la
periodista hace la pregunta incómoda ("El banquete no distrae de la
política. El banquete es la política. Nupcial no gobierna. Cena."). La
medición con regla de la distancia en el cuaderno entre el recorte del
escándalo y el recorte de la impunidad: cuatro centímetros y medio, luego
siete, luego diecisiete —una métrica material de la injusticia que ningún ensayo
político habría formulado mejor. El carro sin motor con marbete vigente y una
gruta de la Virgen donde debería estar el motor: "la república en
miniatura". El archivo judicial que funciona alfabéticamente hasta la
letra M y a partir de la N obedece a un sistema que nadie puede explicar,
diseñado por un funcionario que ya no trabaja allí. El cargo de
"Coordinadora de que el gobierno haga lo que dice que hace". El
título "presente en calidad de observador" como autorretrato perfecto
del poder sin huella.
El
capítulo VII —Prudencio Aljibe, la válvula de 1987, los treinta y cinco años de
jueves— es probablemente el mejor del libro, porque ahí la sátira se vuelve
elegía. La distinción entre información y conocimiento ("los tableros
digitales tienen información; don Prudencio tenía conocimiento") y la
imagen final de la llave inglesa abandonada en la acera de Boca de Río, técnica
huérfana de su teoría, elevan el capítulo por encima del registro cómico hacia
algo genuinamente conmovedor. Es también el capítulo donde la rabia del libro
se siente más ganada, porque el daño documentado no es abstracto: es una señora
de setenta y ocho años que lleva once días sin poder ducharse.
Los problemas: la fórmula que se vuelve tic
La
debilidad principal de la novela es que su prosa repite sus propios mecanismos
hasta el desgaste. Las construcciones "con la X específica de
quien…", "que era exactamente…", "lo cual era en la
República de los Aplazamientos…" aparecen literalmente cientos de veces.
En las primeras cien páginas son una voz; en las últimas cien son un molde.
Podría argumentarse —y la novela parece invitarlo— que la repetición es
mimética, que la prosa performa la redundancia
burocrática que denuncia. Pero hay una diferencia entre tematizar la monotonía
y producirla, y el libro cruza esa línea más de una vez. Una poda del veinte
por ciento de estas fórmulas habría dejado intacto el estilo y aligerado la
lectura.
El
segundo problema es estructural: la novela es un rosario de casos más que una
trama. Cada capítulo introduce a su funcionario, despliega su escándalo, lo
archiva y pasa al siguiente, con Páramo como hilo conductor en la sombra. El
diseño es coherente con la tesis —en esta república nada culmina, todo se
aplaza— pero tiene un costo dramático real: Baltasar nunca arriesga nada.
Observa, anota, conversa con pescadores y peluqueros, pero jamás es amenazado,
tentado, descubierto ni puesto ante un dilema. Su única transformación ocurre
entre la primera página y la última (de no querer levantarse a saber por qué
levantarse), y es más declarada que dramatizada. El lector que busque conflicto
novelesco encontrará, en su lugar, ensayo brillantemente disfrazado.
El
tercer punto exige más cuidado. El capítulo V suspende el registro cómico para
narrar la violencia doméstica de Páramo contra Valentina, y en general lo hace
con gravedad y tino: la decisión de no suavizar los hechos, la lectura de la no
comparecencia como cálculo de supervivencia y no como retractación, y la idea
de que "los sistemas que un hombre construye en las instituciones son los
mismos que construye en su casa" están entre las páginas más serias del
libro. Pero en el capítulo VI el narrador se permite una glosa moral sobre la
decisión de Valentina de permanecer en la órbita del poder ("el poder, la
ambición… han demostrado ser considerablemente más grandes que la dignidad
personal") que roza el juicio a la víctima y desentona con la lucidez del
capítulo anterior. Es el momento moralmente más resbaladizo de la novela, y un
editor atento lo habría señalado.
Finalmente,
hay erratas y descuidos menores que delatan una edición independiente sin
corrección profesional: tildes ausentes ("¿Qué contesto?" por
"contestó", "republicas"), algún verbo desconcertante
("Baltasar no comió el café"), neologismos no del todo controlados
("ventisquear" para un cielo tropical), vacilaciones de concordancia.
Nada de esto hunde el libro, pero un repaso de corrección le haría justicia a
una prosa que, en sus mejores momentos, es de una precisión notable.
La alegoría transparente y su disclaimer
Aunque
la página legal insiste en que toda semejanza es coincidencia —y dedica un
párrafo entero, inusualmente sofisticado, a declarar que "la ambigüedad,
la verdad parcial y la multiplicidad de versiones no son defectos del relato,
son su método"—, el referente de la República de los Aplazamientos es
transparente para cualquier lector caribeño: las guaguas, los marbetes, las
planillas, el colmado, el huracán que destruyó la red eléctrica, la empresa
extranjera LUMBRE que administra la transmisión, la Junta Fiscal, el perdón
presidencial que llega "de una instancia superior de la que nadie en la
república tiene poder de apelación", y la frase demoledora de Evaristo:
"la verdadera fiscalía anticorrupción es el FBI". La novela pertenece
así a una tradición específica —la sátira política de clave apenas velada— y su
disclaimer funciona menos como escudo legal que como declaración de poética: el
rumor y la versión contradictoria son el material, porque así circula la
verdad en el país retratado.
Esta
transparencia es a la vez fuerza y límite. Fuerza, porque la indignación del
libro se siente verdadera, alimentada por hechos reconocibles; el lector local
asentirá página tras página. Límite, porque el lector que no comparta el
referente perderá buena parte del placer del reconocimiento, y porque la
cercanía al modelo real le resta a la invención el margen de libertad que
tienen las grandes repúblicas imaginarias de la literatura. Macondo trasciende
a Colombia; la República de los Aplazamientos no aspira a trascender a su isla,
y quizás no quiere hacerlo.
El cierre: la circularidad como tesis
El
último capítulo es el más arriesgado y el que mejor paga. La revelación de que
el sobre con la frase del título fue, tres años atrás, la respuesta a la
solicitud de empleo de Baltasar —y de que el cargo absurdo de Archivista
Auxiliar de Documentos Irrelevantes finalmente llega, sin salario especificado
y sin anexo— cierra el marco con elegancia. El sótano donde "lo
irrelevante" resulta ser la verdad clasificada por conveniencia (un metro
ochenta y dos contra cuarenta centímetros, medidos con regla), y el hallazgo
del cuaderno del archivista anterior, que dieciséis años antes encontró lo
mismo y dejó su carta donde el siguiente pudiera hallarla, convierten el final
en una declaración sobre la transmisión del testimonio: "la cadena de los
que llevan la cuenta no requiere que sus eslabones se conozcan para
funcionar".
Que la
última página repita la primera línea de la novela —Baltasar escribiendo en el
cuaderno duodécimo "Aunque habían pasado las siete de la mañana…"—
podría haber sido un truco; no lo es, porque el sentido de la frase ha cambiado
por completo entre las dos apariciones. El hombre que la escribe ahora sabe
para qué se levanta. La novela rechaza con igual firmeza el optimismo (nada
cambió) y el cinismo (documentar no sirvió de nada), y se queda con la
respuesta intermedia que Baltasar formula en su carta a los once cuadernos:
"Sirvió para que existiera. Lo que existe no puede ser archivado como
irrelevante si alguien ya sabe que existe."
Valoración
Ha
sido un placer conocerte… es una novela desigual pero genuina, con más inteligencia que oficio
narrativo y más aforismo que drama, sostenida por una voz reconocible, una
invención satírica de primer orden y dos creaciones perdurables: la iguana y la
propia República de los Aplazamientos como concepto. Sus defectos —la fórmula
estilística sobreexplotada, la ausencia de riesgo dramático para el
protagonista, el epílogo que explica de más, los descuidos de edición— son los
de un libro escrito con urgencia moral por alguien a quien le importa más dejar
constancia que pulir. Lo cual, hay que admitirlo, es exactamente coherente con
su tesis: este libro es la libreta de Baltasar, con sus entradas
brillantes y sus repeticiones, su rabia clínica y su negativa a callar.
Como
sátira política caribeña, se inscribe con dignidad en la estela de El otoño
del patriarca y de la mejor tradición del esperpento administrativo; como
novela, le falta la tensión que solo da un protagonista que pueda perder algo.
Pero como acto de archivo —como doscientas treinta y un conversaciones que
alguien decidió terminar por escrito— cumple admirablemente la única función
que se propone: que nadie pueda decir que no lo vio.
Lo
mejor: el
capítulo VII (Prudencio y la válvula de 1987), la semiótica de la iguana, las
métricas materiales de la impunidad (los centímetros, los relojes, las dos
pilas del sótano), el cierre circular.
Lo
más débil: la
saturación de fórmulas estilísticas, la pasividad dramática de Baltasar, la
glosa moral sobre Valentina en el capítulo VI, la nota del autor que explica
los símbolos, las erratas de edición.
Links
https://www.amazon.com/dp/B0H49CRF8N
https://shop.ingramspark.com/b/084?params=t5xadcXXEVp4lhEfZLHXsfPUYAn3SZMGIGhS3zI9fxI
https://draft2digital.com/book/4293300#print
https://www.bubok.es/libros/286174/ha-sido-un-placer-conocerte
https://publishes.bookmundo.com/books/22074757