CRÍTICA LITERARIA

Una crítica de El Condominio…

de Travoladis
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Hay un riesgo evidente en una novela que toma como escenario la política interna de una comunidad residencial: que el material resulte demasiado pequeño para sostener el peso de una obra entera, que las disputas por puertas tapiadas y cables eléctricos se agoten en la anécdota costumbrista. El Condominio… sortea ese riesgo casi siempre, y cuando no lo sortea, falla de maneras interesantes. Es una sátira ambiciosa que entiende que lo doméstico es político, y que el poder, cuando se reduce a su escala más mínima, revela su mecánica con una claridad que las grandes instituciones logran disimular.

Lo que la novela hace bien

La voz.El mayor acierto del libro es Umberger como conciencia narrativa: un hombre lúcido, cansado, moralmente decente pero sin ilusiones, que ha hecho de la observación su única forma de dignidad. La novela establece desde la primera página —con ese epígrafe de "Yo no soy una persona difícil…"— un pacto irónico que sostiene con notable consistencia. El narrador se declara poco confiable, y esa declaración no es solo un recurso defensivo (legal, dentro de la propia trama) sino un principio estructural genuino. La frase que cierra la novela y reabre la siguiente —las mismas cinco palabras del inicio— convierte la circularidad en tesis: el cronista está condenado a empezar de nuevo porque la inmundicia humana es inagotable.

El humor.El registro cómico funciona porque nunca es gratuito. La escena inaugural del desayuno —"la paz exterior, que era el mar. La paz interior, que era el desayuno. La paz entrepiernas…"— establece un tono escatológico-filosófico que la novela modula con habilidad. El episodio del baño, donde Umberger distingue entre el excremento propio y "el que había traído Luis Antonio", es vulgar y preciso a la vez: el cuerpo como única instancia capaz de discriminar lo que la mente todavía no procesa. Hay un linaje claro aquí —el esperpento, cierto Valle-Inclán, el sarcasmo de los costumbristas latinoamericanos— que el autor maneja con conocimiento.

La arquitectura moral.La novela tiene un esqueleto ético sólido. Los tres "justos" —Jorge, Carmenza, Rigoberto— funcionan como contrapeso necesario al desfile de villanos. La muerte de Jorge por dos votos, esos dos votos que se fueron "a cambiar la ropa interior durante el receso", es el golpe maestro del libro: la tragedia entregada por la vía más absurda posible, la disección aórtica desencadenada por un páncreas ajeno. Es Chéjov pasado por el filtro de la farsa caribeña, y conmueve precisamente porque se niega al melodrama.

La metáfora política.El condominio como modelo a escala del Estado es la apuesta intelectual de la obra, y la novela la desarrolla con inteligencia. "La corrupción es la versión grande. Esto es la versión doméstica. Más pequeña. Más íntima. Con estacionamiento asignado." Los proxis de muertos votando, los estados financieros de hace tres años aprobados por una asamblea que no los leyó, el seguro que cubre el cajón pero no lo que hay dentro: cada detalle funciona simultáneamente como realismo condominal y como alegoría de la democracia disfuncional.

Lo que tensiona la obra

El reparto coral y el esquematismo.El elenco de villanos es vívido pero tiende a la alegoría fija. Luis Antonio es el chaleco de peso; Heriberto es el plumaje; Valentina es el collar eléctrico. Cada personaje carga un atributo emblemático que la novela repite con función casi musical —el "bro", la libreta de Josefina, el cable de cincuenta metros—. Esta técnica de leitmotiv da cohesión, pero a costa de la profundidad psicológica: los antagonistas no cambian, solo se confirman. Bernardo, presentado como "enigmático", nunca trasciende del todo el enigma; su interioridad permanece como hueco estratégico más que como misterio genuinamente explorado. La novela parece consciente de esto —es sátira, no estudio de caracteres— pero el lector que busca volumen humano en los villanos encontrará tipos antes que personas.

El desenlace y el problema de la justicia poética.Los capítulos finales (VIII-X) son los más débiles. Tras construir durante siete capítulos un mundo donde el poder "llega por birlibirloque" y la verdad "viaja más despacio que su contrario", la novela cede a la tentación de la resolución satisfactoria: el juicio ganado, el fiscal providencial, las sentencias escalonadas que castigan a cada villano según su pecado, el árbol de almendras finalmente podado, la vista al mar recuperada. Es emocionalmente gratificante y temáticamente traicionero. El fiscal Altamiranda funciona como un deus ex machina moral —el agente externo que impone el orden que la comunidad nunca pudo generar—. La novela había sido más honesta cuando afirmaba que el bien "salía ganando" solo en conocimiento, no en victoria. El triunfo de la nueva junta virtuosa, lograda "por el agotamiento de sus adversarios", intenta matizar el final feliz, pero la maquinaria de la justicia poética ya ha dado demasiadas vueltas.

El recurso de la IA legal.La defensa de Umberger mediante inteligencia artificial es el elemento más anclado a su momento de escritura y el que peor envejecerá. Funciona como gancho satírico contemporáneo, pero introduce una facilidad narrativa —el subalterno tecnológico que nivela el campo de juego— que rebaja la tensión. Es difícil temer por un protagonista que dispone de un arma legal infalible y gratuita.

El exceso léxico.El autor cultiva un vocabulario deliberadamente arcaizante y rebuscado —"engurrio", "verecundia", "conticinio", "calígine", "beocio", "morigerado"—. Usado con medida sería una marca de estilo; usado con la frecuencia con que aparece, se vuelve un manierismo que llama la atención sobre sí mismo y compite con la historia. Hay un punto en que el lector deja de leer al personaje y empieza a leer al autor exhibiendo su tesauro.

El mar como personaje

Merece mención aparte el uso del mar como presencia recurrente: "indiferente y perfecto", "sin junta directiva", testigo que "no opina". Es el contrapunto cósmico a la pequeñez humana, y la novela lo emplea con disciplina, dejándolo intervenir solo en los cierres de escena. En sus mejores momentos —la mañana de luto tras la muerte de Jorge, cuando el mar parece "ponerse levemente de luto sin que nadie se lo pidiera"— alcanza una resonancia que eleva el conjunto. Es el ancla lírica que impide que la sátira se vuelva mero ejercicio de ingenio.

Veredicto

El Condominio…es una primera entrega lograda de lo que evidentemente se concibe como saga. Su mayor virtud —la mirada implacable y divertida sobre cómo opera el poder en su escala más mezquina— sostiene la lectura incluso cuando la trama se dispersa. Su mayor limitación es no atreverse a ser tan amarga como su propia tesis exige: la novela diagnostica un mundo donde la decencia pierde, y luego le concede a la decencia una victoria que la realidad descrita no permitiría. Jorge muere por dos votos, sí —ese es el corazón verdadero del libro—, pero todo lo demás se reordena con una pulcritud que contradice el caos retratado.

Es, en suma, una sátira que conoce la enfermedad mejor de lo que tolera dejarla sin cura. Lectores de Naipaul (The Mystic Masseur, las comunidades caribeñas observadas con ironía), del García Márquez menor y municipal, o del Eça de Queirós de las pequeñas tiranías sociales, encontrarán aquí un pariente legítimo, más áspero en la superficie y más sentimental en el fondo de lo que su narrador admitiría.

Una obra que entretiene, irrita y conmueve —a veces en la misma página—, y que deja la curiosidad genuina de saber qué hará Umberger con la siguiente página en blanco que el condominio, infaliblemente, se encargará de llenar.

Travoladis es el seudónimo que Tito Lugo MD utiliza para narrar la novela.

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